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Tailandia 2026: Diario de viaje (Bangkok, Chiang Mai, Koh Samui y mucho más)

  • Foto del escritor: Gregor Cerar
    Gregor Cerar
  • 4 jul
  • 2 min de lectura

Nuestra aventura tailandesa de dos semanas ha llegado a su fin. Desde las caóticas pero magníficas calles de Bangkok, donde navegamos entre antiguos templos y el moderno ICONSIAM, pasando por el tranquilo norte en Chiang Mai y Chiang Rai, donde dimos de comer a los elefantes y admiramos una arquitectura increíble, hasta el sur tropical en Koh Samui, donde compartimos playa con los cerdos y finalmente encontramos la verdadera paz isleña. Cuando vuelves a la misma parte del mundo después de 17 años, las comparaciones son inevitables. El legendario dicho tailandés "Same same, but different" (Igual, pero diferente) nunca ha sonado más cierto. La infraestructura ha avanzado, las ciudades han crecido, los precios en ciertas áreas se han acercado fuertemente a los occidentales, pero la esencia se mantiene. Sin embargo, se nota una verdad ineludible: parece que el "País de las Sonrisas" hoy sonríe un poco menos. Quizás este sea el precio de un mundo acelerado y globalizado, del turismo sobredimensionado y del peso general de los tiempos modernos, que tampoco ha pasado por alto a Asia. El mundo sonríe menos, y Tailandia claramente no es una excepción.


Pero aquellas sonrisas que encontramos – en los vendedores de comida callejera, el personal de nuestro 7-Eleven local, o en la sonriente peluquera de la discoteca – fueron por ello aún más genuinas y preciosas.

Viajar tiene sus particularidades; hubo momentos en que simplemente había demasiados templos y Budas dorados para un solo día, en que el calor y la humedad se volvían insoportables, cuando la sal tensaba la piel y la arena se colaba en cada rincón de las zapatillas. Y en esos momentos, por supuesto, todo molesta. Pero a fin de cuentas, el mayor valor de un viaje así reside precisamente en esa incomodidad. Ver y experimentar el mundo fuera de nuestro orden europeo y la comodidad de nuestra propia habitación no es algo que deba darse por sentado, sino un raro privilegio.


El mundo es en realidad como un gigantesco laboratorio al aire libre: en él se mezclan diferentes elementos y culturas; a veces estas reacciones son agotadoras y causan sudore y mal humor, pero el resultado es la ampliación de horizontes y el aprendizaje de una adaptabilidad que no se puede simular en casa.


El recuerdo de esa molesta arena y el cansancio se desvanecerá, pero quedará la inestimable amplitud de miras y la comprensión del mundo que no se puede leer en ningún libro de texto.


Khop khun krap, Thailand. (Gracias, Tailandia.)



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